advertencia: decidí estar sola

Summary:

Como recordar mis primeros pasos me llevó a hacer de mi soltería eterna algo permanente.

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Hoy mi madre me contó el día en que aprendía a caminar. Me dijo que una mañana cualquiera antes de cumplir mi primer año de vida estaba gateando y me quedé mirando una pared. Ella estaba parada en la puerta de mi habitación y observó en silencio con atención la escena. Me dijo que puse mis dos manos en la pared y apoyándome con ellas me paré recargándome en la pared para luego voltearme. 


“Entonces miraste la otra pared como calculando la distancia y tomando impulso te abalanzaste al otro lado” me dijo que todo el trayecto me tambaleaba pero que no me caí y que apenas llegué a la otra pared y me apoyé en ella mis ojos estaban llenos de luz, mi sonrisa era amplia y mi expresión de puro éxtasis. “Era como si hubieras descubierto la cosa más maravillosa del mundo”. Me dijo que duré toda la tarde atravesando la habitación y que aunque mi cara se puso roja y mi pequeño cuerpo estaba lleno de sudor me negaba a parar. 


Ahora, a mis treinta y tres años aprender a estar sola por decisión y no por defecto es la meta. Entendiéndose que decidir estar sola es aprender a mirar a un chico guapo e interesante a los ojos y decirle: “Te lo agradezco pero no, gracias”. Eso mi querida audiencia, no es algo que yo haya hecho hasta el momento. Es más no creo que en mi vida le haya dicho a un solo chico que me haya gustado que “no”. Siempre me he sentido tan agradecida de ser “escogida” que lo único que se me ocurre es decir “gracias” y “si” para luego despertarme enamorada y en una relación en la cual ya estoy poniendo todas mis ilusiones y expectativas. Ese es el puto problema. La fantasía de las ruedas de apoyo. 


Sé que se deben estar preguntando: ¿Cuál es la fantasía de las ruedas de apoyo?. Bueno, cuando tenía alrededor de 6 años veía las bicicletas de otras niñas con estas hermosas rueditas adicionadas en la parte trasera, llenas de flequillos de colores y escarcha. Soñaba con tener una bicicleta igual. Entonces mi papás me compraron una hermosa y grande bicicleta de color fucsia que tenía un espejo de gato y en la parte trasera unas hermosas ruedas de apoyo. Estaba dichosa ¡Mi propias ruedas!. Entonces empecé a montarla. 


Recuerdo todavía mi molestia. Las ruedas minimizaban el rango de movimiento de mi bicicleta y en vez de grande me sentía pequeña e infantil. Así que decidí con ayuda de mi muy paciente madre quitar las ruedas. La primera vez ella me ayudó. La segunda tomé mi bicicleta y sin ruedas ni ayuda la monté sola. Aún recuerdo ese sentimiento de libertad. Como cuando aprendí a caminar, ese día también era indestructible. 


Siento que a través del tiempo me he aproximado al amor buscando una pareja “ruedas de apoyo” o incluso peor, buscando ser las suyas. Todo esto basada en esta fantasía de que se ve “lindo y es perfecto”. En ese proceso la confianza y determinación que había mostrado cuando chiquilla, se ha empequeñecido y deteriorado tanto en el montar como el caminar la vida. Permití que las heridas que me hice al caerme en ambas actividades dictaran mi capacidad de realizarlas y me convencí de que con el compañero de apoyo correcto, nunca más me volvería a caer. Que injusta he sido con tantos, incluyéndome. Nadie puede ser tu ayudante 24/7. Nadie debería. 


Ahora siento que a la hora de escoger un compañero de vida, uno debería escoger un compañero de aventuras, más que de apoyo.  Alguien bien montado en su propia bicicleta y con un caminar seguro y claro, listo para cuando se requiera un poco de ayuda extra. Pero pilas, uno debe estar en igual condiciones que aquel compañero o por lo menos muy cerquita, porque la cosa debe ser reciproca. O sino un recorrido encantador puede volverse una mierda. Imagínense a un ciclista profesional intentando hacer el tour de Francia con alguien con una bicicleta mal cuidada, que no solo no esta ni física ni mentalmente listo para acompañarlo sino que además espera que lo apoye durante todo el camino. ¿Patética imagen cierto? Pero no nos quedemos ahí, ahora imagínense que ambos aventureros están en las mismas condiciones y se llevan de lujo. Incluso en ese ejercicio, ambos deben tener en cuenta al otro a la hora de escoger que camino caminar o porque ruta montar. Si, el ejercicio es precioso, pero diferente a un viaje solo.  


Después de estas reflexiones y varias sesiones de terapia a la par de muchos fallidos intentos de buscar compañero, primero de apoyo y en los últimos tiempos de aventuras, he llegado a una conclusión aterradora (para mi). Ahora no estoy equipada para ser la compañera adecuada para la clase de aventurero que quiero y, necesito “caminar y montar bicicleta” sola por decisión y no por defecto. Es más debo reaprender a amar estar sola. Debo mirar mi camino individual, como lo miré cuando apenas tenía diez meses “como si fuera la cosa más maravillosa del mundo”. No solo porque creo firmemente que esa es la única manera de volverme una compañera de aventuras adecuada para un increíble aventurero, sino porque se lo debo a esa niña que sin miedo decidió apoyarse en una pared y, sin saber que iba a pasar, se atrevió a atravesar el cuarto. Me debo a mi misma reencontrar, honrar y celebrar a esa niña que se sintió libre sin ruedas de apoyo. 


No estoy tomando esta decisión por miedo a volver ser herida. Esta no soy yo cerrándome al amor, esta soy yo escogiendo un clase diferente al que he escogido por años una más saludable tanto conmigo como con otros. No decido estar sola porque quiera estarlo, sino porque que sé que lo necesito. Y aunque me cueste un huevo, porque la verdad es que todavía sueño despertar en los brazos musculosos de mi flamante esposo que es mi amigo, amante y compañero de vida ideal, sé que ahora estar sola es lo correcto y como dijo un famoso personaje anime que desea convertirse en el rey de los piratas: si el camino cuesta es que debes estar en el camino adecuado.  Así que sin saber que pasará, he decidido apoyarme en esta pared, dar este primer paso y decir: he decidido estar sola.